MI PRIMER ENCUENTRO CON VICENTE NIETO


Entrevista realizada el 4 de Octubre de 2006, por Pedro Taracena Gil


Foto: Pedro Taracena Gil

Considero un privilegio haber compartido con este maestro toda una tarde, hablando de fotografía, aunque él dice que sólo sabe “cuatro cosas”. Su personalidad es tímida y discreta y su obra un monumento al humanismo y un testimonio de los años 30, 40, 50 y 60 del siglo pasado. “No está seguro de hacer el ridículo”, me dice cuando presenta sus fotografías en blanco y negro de retratos y paisajes; creados por el autor desde la toma de la imagen hasta el tratamiento en el laboratorio químico. Su modestia le lleva a dudar de su pertenencia a la Escuela de Madrid, donde sin lugar a dudas, brilló con luz propia, a pesar de su discreción. Quizás producto de dos circunstancias encadenadas en el tiempo. Sus condiscípulos le eclipsaron y no le consideraron como uno más y la propia Real Sociedad Fotográfica, de la cual es uno de los miembros más longevos, no le han dado el mismo tratamiento histórico a todos los fotógrafos de aquella generación. No obstante, en el presente siglo aunque con premura, estamos a tiempo de reparar el olvido a este gran fotógrafo de su tiempo y del nuestro. Es un placer contemplar su obra en su propio hábitat. Cuatro décadas han pasado por sus manos. Muchos eventos fijados al papel y algún hito, como por ejemplo, la fotografía hecha a un hombre de color, cuando, me explica que en “los años 50 y 60 fotografiar a un negro se consideraba como una burla”, cuya imagen conserva en su amplia fototeca. Ha sido el gran profesional de la fotografía y sin embargo, su modestia le lleva a presumir de su condición de amateur o aficionado. Cuando le pregunto por esta consideración, me argumenta diciéndome: Vivir “por y para la fotografía” se le denomina amateur y vivir “de la fotografía” profesional. No hay duda de que este artista, casi nunca fue amateur. Tan pronto como adquiere su Kodak Baby Brownie por 13 pesetas, en los almacenes Sepu de Madrid, emprende una carrera imparable hacia la consagración fotográfica. Contemplar su obra, presentada por él mismo, supone una recreación en el arte fotográfico y una lección magistral, aunque él huye de reconocerse maestro de nada. He tenido la sensación de ser un alumno afortunado; identificándome y compartiendo su saber hacer. Vicente no acepta halagos y rechaza de plano el que le reconozcan el papel de docente, aunque lo será siempre aunque jamás se lo haya propuesto. Admirando su obra son importantes sus desafíos al contraluz. Las captaciones de personas y ambientes, que además de haber estado allí, donde tenía lugar el retrato, también, aprovecha el instante irrepetible más oportuno. Domina la luz, las sombras, los blancos y los negros, los grises y sobre todo la “colocación” del sujeto humano como la parte que justifica el resto de la puesta en escena. No hay aspecto que escape a su objetivo. El retrato, los paisajes, la naturaleza, los animales, la arquitectura y su familia, configuran su mundo de emociones. Ah, me sobrecogió cómo recitaba el verso de Machado: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, cuando me mostraba un cruce de caminos en uno de sus paisajes...



La moza del cántaro. San Martín de Valdeiglesias (Madrid).

Su actividad fotográfica baja de intensidad en los años sucesivos; dejándonos huérfanos de sus imágenes en color. El legado de Vicente Nieto, ya no es patrimonio de los críticos por muy ilustres que éstos sean. La obra de este ponferradino es la mejor herencia que pueden recibir los admiradores del arte fotográfico y los amantes del retrato, base del humanismo fotográfico.




Estas primeras impresiones se recogen en el "Breve ensayo sobre el retrato"  de Pedro Taracena Gil